APARICIÓN Y CONSOLIDACIÓN DEL CRISTIANISMO EN HISPANIA

Pero antes de proseguir la historia de la Hispania romana hemos de registrar

un hecho capital que tiene lugar en la época del Alto Imperio romano y que afec￾tará de manera sustancial a la historia de España: la aparición y consolidación del

cristianismo.

La paz universal romana que Augusto consagró al cerrar el templo de Jano en

el año 18 a.C. fue, por tanto, una paz hispánica, marcada por el final victorioso de

las guerras cantábricas de Roma. En medio de esta paz romana nació Jesús, el

Cristo, en Belén de Judá, y con ello dio origen a una nueva era. la Era Cristiana.

Durante la época de la dinastía familiar de Augusto en el siglo que ya era el pri￾mero de Cristo, la religión de Cristo, el cristianismo, basada en el reconocimien￾to del Dios Unico, la ley nueva del amor, la igualdad entre los hombres, el sacri￾ficio de la cruz y la expansión universal de la nueva doctrina, la buena nueva, el

Evangelio, surgió en la provincia romana asentada en la orilla oriental del Medi￾terrráneo, de la que formaba parte Palestina y gracias a los viajes de los Apósto￾les se extendió rápidamente por todo el mundo conocido y especialmente por todo

el imperio romano donde la religión tradicional, pagana y politeísta, estaba ya

completamente degradada e inerte, penetrada además por elementos de religiones

orientales que desde el mundo helenístico, el Imperio romano de Oriente, refluían

sobre la propia Roma. Los apóstoles Pedro y Pablo convirtieron a Roma en el cen￾tro de la nueva fe cuyo éxito sorprendente se basaba en una evidente superioridad

moral y en el singular atractivo del mensaje evangélico, fecundado desde los pri￾meros momentos por la sangre de sus testigos, los mártires, que prolongaban el pro￾pio sacrificio del Dios-hombre, Cristo.

El cristianismo penetró en Hispania por los puertos y los caminos de Roma: los

de Tarragona y Cartagena, la Vía Augusta terrestre, como se denominaba en honor

a Octavio Augusto la antigua Vía Hercúlea que recorría la costa mediterránea y

entroncaba con las demás calzadas romanas que surcaban la Península Ibérica en

sus principales direcciones. Un factor importante de presencia cristiana fue la lle￾gada de numerosos núcleos judíos tras la destrucción de Jerusalén por Tito en el

año 70; entre ellos vinieron también grupos de la Diáspora que ya se habían con￾vertido al cristianismo. Ya sabemos que entre Hispania y el resto del Imperio exis￾tía un intenso trasiego militar; en las unidades militares que venían o volvían a las

provincias hispánicas se hizo frecuente la presencia de cristianos. Una tradición

altomedie val muy persistente y respetable asegura que dos de los Apóstoles predi￾caron personalmente el Evangelio en Hispania; San Pablo, que manifiesta su pro￾pósito firme de visitar Hispania en su Carta a los Romanos, escrita en 57/58 y San￾tiago el Mayor, cuya presencia en Zaragoza y en Galicia se apoya en indicios que

van siendo cada vez más remotos. Existen también testimonios antiguos sobre la

venida de san Pablo y la aparición de la Virgen a Santiago sobre un pilar a orillas

del Ebro se ha convertido desde hace muchos siglos en creencia connatural de los

españoles, especialmente los aragoneses, lo mismo que la predicación de los Varo￾nes Apostólicos, directos discípulos de los apóstoles, para la siembra del cristia￾nismo en Hispania. El caso es que el testimonio de San Ireneo de Lyon a fines del

siglo II y el de Tertuliano en el III demuestran ya a plena luz histórica que la Cris￾tiandad hispánica estaba muy arraigada y florecía en todas las provincias peninsu￾lares. Desde el mismo siglo I de Cristo, por lo tanto, el cristianismo se identifica

ya para siempe con la vida y la historia de España, y así persistirá hasta nuestros

días, pese a las tensiones modernas de descristianización, como un elemento y una

raíz esencial de la identidad española. Para un observador tan profundo como el

profesor Marcelimo Menéndez y Pelayo el carácter cristiano es la primera y más

importante señal de identidad de lo hispánico y por tanto del ser español, junto a

la indeleble impronta romana. Como en todo el ámbito univeral del cristianismo la

nueva religión se asentó en España sobre el cimiento más duradero: la sangre de

los mártires. En la Hispania romana se registraron innumerables mártires, cantados

por uno de los grandes poetas cristianos de la época, Prudencio. Hubo mártires

militares, como san Mauricio, centurión de la legión VII; y los santos Emeterio y

Celedonio, soldados de la misma legión que sufrieron el martirio en Calahorra.

Hubo mujeres heroicas, como las santas sevillanas Justa y Rufina, modestas ven￾dedoras de cerámica barata. Se conoce una notanle floración de mártires en Méri￾da, la ciudad romana más importante de España, entre los que destaca Santa Eula￾lia, famosa en todo el mundo cristiano. Los mártires hispánicos ofrecieron su tribu￾to de sangre en todas las grandes persecuciones de la Roma politeísta. Sin embar￾go, aunque se trata de un fenómeno vivo de nuestro tiempo, muchas personas del

siglo XXI ignoran todavía que la guerra civil española fue, en la zona republicana,

la persecución más enconada y sangrienta en toda la historia de la Iglesia Católi￾ca, incluidas las persecuciones romanas.

A lo largo del siglo III se producen en Hispania las primeras invasiones ger￾mánicas. En realidad no son las primeras; sabemos que a principios del siglo I

a.C: los cimbrios y teutones, pueblos bárbaros del Norte, habían penetrado en H is￾pania y en Italia del Norte. En Italia los rechazó Mario; en Hispania los propios

guerreros hispánicos. La segunda oleada invasora tuvo lugar a través de los Piri￾neos en el siglo HI con escasa ayuda de Roma para la defensa hispánica, que se

organizó por las mismas legiones que guarnecían las provincias peninsulares. Los

bárbaros fueron rechazados pero la paz romana de Hispania quedó muy compro￾metida y se produjo una importante mutación. Las ciudades fortificadas habían

resistido pero las ciudades abiertas habían sufrido los terribles efectos de la bar￾barie germánica. Por ello muchas familias pudientes decidieron trasladarse a sus

grandes propiedades agrícolas, que fortificaron y defendieron con auténticos ejér￾citos privados. Hoy es fácil encontrar en España muchas villas que reconocen este

origen; hay ejemplos en todas las provincias romanas, como en el actual pueblo

toledano de Carranque, en el valle murciano de Caravaca. en el madrileño del

Jarama, en territorios de la Bética y Extremadura, donde se están descubriendo

riquísimos mosaicos que certifican el emplazamiento de estos reductos fortifica￾dos de origen hispano-romano.

El gran emperador ilirio Diocleciano (284-305) es quien realiza más adecua￾damente el sueño de Julio César; además del Imperio romano ostenta, en su corte

fastuosa, el esplendor de un rey oriental, un basileus. Bajo su autoridad suprema

acomete una nueva división del Imperio, encomendándola a dos Augustos, (Maxi￾miano y él) secundados por sendos adjuntos con el título de César. Diocleciano

llegó a convencerse de que la debilidad que mostraba el Imperio ante los peligros

exteriores se debía a la progresión imparable de la religión cristiana, lo que era

absolutamente falso; el cristianismo era, por el contrario, un fermento de renova￾ción espiritual y humana, mucho más vigorizante que el corrupto e irracional sis￾tema panteísta de la religión romana, que variaba además sustancialmente según

las regiones y provincias del Imperio. Dividió además el Imperio en grupos de

provincias, a los que llamó diócesis, (las provincias hispánicas formaban una dió­

cesis, por primera vez el conjunto romano de Hispania recibió una estructura y un

gobierno común). Las diócesis dependían de una circunscripción superior, la pre￾fectura, por ejemplo la diócesis hispana se integraba en la prefectura de las Galias,

lo mismo que Britania. Diocleciano mantuvo la división de las provincias en con￾ventos jurídicos, cuyas autoridades se reunían periódicamente. La capital de la

diócesis hispánica, es decir la capital de Hispania, fue Hispalis-Sevilla. Creó una

nueva provincia hispánica, la Cartaginense, con capital en Cartagena, segregán￾dola de la Tarraconense. La provincia de Mauritania Tingitana (Norte de Africa)

con capital en Tingis.Tánger se incorporó a la diócesis hispánica. De esta forma,

como apunta el profesor Montenegro, Hispania recibe por pr mera vez una confi￾guración y un gobierno pre-nacional según la idea de Diocleciano. Los grandes

escritores hispano-romanos de la época -Paulo Orosio, Hidacio, Prudencio- rezu￾marán en sus ideas y escritos este sentimiento incipiente de totalidad hispánica,

de pre-nacionalidad.

Diocleciano y su colega Augusto Maximiano se retiran voluntariamente en el

año 305 d.C. Las provincias hispánicas, es decir, la diócesis hispana, pasan a la

jurisdicción de Constancio Cloro, césar de la prefectura de las Galias, y luego a

su sucesor Constantino, muy tolerante con los cristianos como Constancio. Cons￾tantino había sido proclamado augusto de Occidente por las legiones de Germa￾nia. mientras las de Oriente proclaman augusto a Licinio. Pero el hijo de Maxi￾miano, llamado Majencio, se rebela contra la autoridad de Constantino, que deci￾de hacerle frente. Tras algunas vacilaciones las provincias hispánicas se incorpo￾ran a la causa de Constantino, a quien favorecen además todos los cristianos del

Imperio, que como ya hemos indicado poseen una influencia considerable en el

conjunto de las legiones. Con decisiva intervención de las legiones hispánicas

Constantino derrota por completo a Majencio en la batalla del puente Milvio, en

el año 312. Una persistente tradición cristiano-romana, recogida en innumerables

fuentes, resalta que antes de la batalla decisiva se mostró a Constantino y sus

hombres una cruz resplandeciente en el cielo, con la leyenda, In hoc signo vinces,

con esta señal vencerás. Constantino aceptó la señal y consiguió una victoria completa. Aquella fue la primera cruzada de la Historia; la primera vez que la cruz se

asoció a una victoria militar e ideológica. Con este hecho se inicia lo que se deno￾mina en la Historia el Imperio cristiano, aunque no parece que Constantino abra￾zase la nueva fe hasta poco antes de su muerte.

Pero al año siguiente de esa batalla, 313, los dos Augustos, el de Occidente

Constantino u el de Oriente Licinio, celebran un trascendental encuentro en la ciu￾dad de Milán donde toman una decisión de la que dependerá todo el futuro de

Occidente. Esta decisión se conoce como edicto de Milán pero no es propiamen￾te un instrumento jurídico sino un relato histórico del encuentro. Y tampoco se

trata de la implantación oficial del cristianismo como religión del Imperio, por￾que no hay tal implantación, sino de una proclamación admirable de libertad reli￾giosa que pone fin para siempre a las persecuciones de Roma contra los cristia￾nos. Los dos Augustos, en bien de sus pueblos, reconocen a todos sus súbditos,

individualmente, el derecho de practicar la religión que deseen y rendir culto al

dios que prefieran. Esa plena libertad se da «a los cristianos y a todos». Por cons￾tantinismo (término que se toma casi siempre en mal sentido) suele entenderse el

sistema que dotó a la Iglesia de un poder político creciente, que llegó a ser omní­

modo. Pero ese sistema no fue obra de Constantino. Lo que sucedió entonces es

que mientras el Imperio romano se sumía en la decadencia y en la corrupción, con

su antigua religión politeísta cada vez más degradada y vacía, los emperadores

cristianos vieron en la Iglesia católica y en su jerarquía una fuerte estructura de

apoyo, en la que confiaron cada vez más ante los peligros de invasión exterior y

desintegración interna. Graciano fue el primer emperador de Roma que no utilizó

el título religioso de pontífice máximo, atribuido desde su tiempo a los obispos de

Roma hasta hoy. La Iglesia Católica fue eximida de impuestos y favorecida por

los emperadores. No trataba de aprovechar el poder, se limitó a llenar un vacío a

instancias de los emperadores.

Sin embargo el politeísmo había informado durante más de once siglos la vida

romana y es natural que se resistiera a desaparecer sin lucha ante la nueva y absor￾bente religión cristiana. En el Senado romano, en las instituciones imperiales, en

el ejército y en todas las clases sociales abundaban, a lo largo del siglo IV. los ene￾migos del cristianismo, los adeptos, por vacía que fuese, a la nueva religión. Las

ciudades, dotadas de mayor nivel cultural, se convertían rápidamente a la nueva

religión pero los campos -pagus. aldea rural- se apegaban a la antigua, que por

ellos se llamó paganismo, mientras se iban cerrando los templos de los antiguos

dioses o sustituyéndose por iglesias cristianas. Además de estas resistencias insti￾tucionales y rurales, el cristianismo chocaba, desde el siglo II y tal vez desde fines

del anterior, con una oposición intelectual muy vigorosa que pretendía adulterar

la nueva religión con elementos paganos y en definitiva perpetuar el paganismo;

esta tendencia se observó desde el gran auge del cristianismo en núcleos intelectuales que cultivaban el llamado conocimiento profundo, en griego gnosis.

El fenómeno gnóstico es de suma importancia histórica porque ha perdurado

de forma increíble hasta nuestros días, a través de varios movimientos recurrentes que en definitiva pueden definirse como anticristianos. En mi libro Las Puertas del Infierno (1995) trato de analizar la importancia de la gnosis en la historia

de Occidente. Los gnósticos antiguos, que proliferaron en el mundo romano-cristiano sobre todo en el Imperio romano de Oriente (pero también en Occidente)

eran filósofos y pensadores que aceptaban diversas versiones de los misterios

paganos antiguos -pitagóricos, cultos egipcios y sirios, misterios de Eleusis, dualismos de signo maniqueo, influencias de la religión persa- y a veces incorporaban a su doctrina elementos de la fe cristiana, para disimular sus raíces paganas

que eran características de la gnosis. El movimiento gnóstico reapareció a lo largo

de la Historia en numerosas herejías fundamentales, como el arrianismo en Oriente y el priscilianismo en Occidente, luego resurgió eutre los búlgaros, bogomilas

y c itaros de la Edad Media, para configurar, a partir del siglo XVII, la nueva tendencia de la Masonería especulativa que persiste ion supuestos muy semejantes

en nuestros días. Todas estas desviaciones del cristianismo eran en el fondo de

carácter pagano y por lo tanto expresamente anticristiano; éste es el motivo principal por el que la masonería actual no puede ni podrá nunca ser compatible con el

cristianismo ni por tanto con la Iglesia católica.

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