AUGUSTO CONQUISTA LA FRANJA CANTABRICA DE HISPANIAE INICIA EL PERIODO DEL ALTO IMPERIO ROMANO

El procónsul de Hispania Citerior, Lépido, negoció, autorizado por Augusto,

con Sexto Pompeyo, que se reintegró a la vida romana. Pero no pudo resistir a la

tentación de rebelarse hasta que Augusto le acosó y terminó con él y con los últi￾mos restos del pompeyanismo.

Tras confiar el mando de las dos provincias hispánicas a Lépido, Octavio

Augusto le envió después a Africa y asumió a través de sus legados el gobierno

directo de esas provincias y las Galias. Fiel a la memoria y ejemplo de su prede￾cesor Julio César, Octavio César Augusto decidió terminar la conquista romana de

Hispania, para lo que quiso dirigir personalmente las campañas finales contra los

pueblos, todavía indómitos, que poblaban la franja cantábrica del Norte. Augusto

organizó la ocupación sistemática y sucesiva de esos territorios hasta que logró

incorporarlos por completo al imperio de Roma.

Los pueblos aún no sometidos del norte peninsular eran los vacceos que habi￾taban las tierras al norte del río Duero, famosas por su fertilidad y sus excelentes

cosechas. A continuación la estrategia de Augusto se fijaba en los galaicos, pue￾blo de mayoría céltica, que ocupaban el norte del futuro Portugal y las rías bajas

de Galicia con sus tierras del interior, mientras la región situada al norte, en las

rías bajas, estaba habitada por el sector occidental de los cántabros. Este pueblo

belicoso, muy amante de su independencia, se asentaba también en la Asturias

litoral y la actual Cantabria. Los astures vivían al este de los galaicos y al sur de

los cántabros y la cordillera cantábrica. Las actuales provincias vascongadas se

poblaban con pueblos antiguos, seguramente precélticos. denominados várdulos,

caristios y autrigones, que lindaban con los vascones, habitantes de la actual

Navarra con parte de las actuales provincias limítroifes: como sabemos. Pompe￾yo les había sometido en buena parte y había iniciado la romanización con centro

en Pompaeluna, la ciudad de Pompeyo. Los vascones vivían también al norte de

los Pirineos, en la que por ellos se llama Gascuña.

Los motivos de Octavio Augusto para completar en el norte la ocupación

romana de Hispania fueron principalmente de orden estratégico y se dirigían en

último extremo contra los cántabros, el pueblo de mayor capacidad guerrera de

toda la ancha región. Por supuesto que la explotación minera y pesquera no eran

de despreciar; pero los romanos recordaban bien la importante ayuda de los cán￾tabros y los vacceos a la resistencia de Numancia y creían llegada ya la hora de

eliminar ese peligro. Augusto encargó las campañas preliminares de los años 28

y 27 a.C, a sus legados hispánicos, que consiguieron romper la alianza entre vac￾ceos y cántabros, apoderarse de todo el valle del Duero y tras someter por com￾pleto a los vacceos. ocupar el territorio de los astures al sur de la cordillera can￾tábrica, por lo que numerosos astures la cruzaron hacia la zona montañosa y marí­

tima donde se mezclaron con los cántabros. Dieron así su nombre a la actual Astu￾rias.

Entonces Augusto desembarcó en Tarragona durante el invierno del 27 al 26

y la capital de la Citerior se convirtió durante su estancia en la capital del impe￾rio romano. Tanto sus legados en Hispania como los grandes amigos de Roma en

Hispania. la familia gaditana de los Balbos, le ofrecieron una cumplida informa￾ción sobre el norte de la Península. Los Balbos, que habían prestado a Julio César

una ayuda decisiva, volaron también en ayuda de Augusto, le armaron una flota

de guerra que remontó el Atlántco y creó en Portus Blandus, la actual Suances,

una cabe/a de puente en el corazón del territorio cántabro. Los informes de

Augusto le revelaban que la fuerza militar de los cantabros constaba de unos cien

mil hombres dispuestos a morir por su libertad. Augusto alineó contra ellos una

imponente fuerza de siete legiones, unos ochenta mil hombres contando los auxi￾liares hispanos; eran las mejores legiones de César y las creadas por Augusto. En

conjunto se consideraban como las mejores fuerzas de todo el Imperio romano.

Augusto, que era un colosal organizador, requirió y obtuvo cuantiosas ayudas en

hombres y suministros de los valles romanizados del Ebro y el Betis, de las Galias

y de varios pueblos hispánicos, como los celtíberos, los vascones y los habitantes

de la depresión que luego se llamó vasca, quienes no participaron en la lucha con￾tra Roma, que por otra parte no ambicionaba aquellas tierras bravias y poco pro￾ductivas. Augusto estableció tres ciudades campamentales como base para sus

operaciones; de este a oeste Segisamo (Sasarnón) al norte de Patencia a la dere￾cha del dispositivo, Astúrica, la actual Astorga, al centro, para dominar el territo￾rio de los astures y Bracara (Braga) a occidente, para el avance sobre los galaicos.

Astúrica y Bracara se honrarían, por él, con el apellido de Augustas.

Duranle esla primera estancia Octavio Augusto permaneció en Hispania

durante los aiios 26 y 25 a.C. Alternaba su presencia en Tarraeo, donde adminis￾traba los grandes asuntos del Imperio y en las ciudades campamentales del Norte,

sobre todo en Segisamo, donde instaló su cuartel general avanzado.

La idea estratégica de Augusto consistía en un avance simultáneo desde las

tres ciudades campamentales hacia el Norte, con el objetivo de alcanzar la costa

y fragmentar a las fuerzas enemigas, mientras se establecía una serie de puntos

fuertes -praesidia- con el fin de asegurar las comunicaciones con la retaguardia

y el acarreo de suministros, que también llegarían por mar a las bases estableci￾das por la escuadra. Las legiones de Segisamo, enardecidas por la presencia del

imperator, avanzaron hasta arrojar al enemigo no lejos de Reinosa, donde los

romanos le cercaron y aniquilaron. Las poblaciones más importantes de la actual

Cantabria se rindieron para no sufrir la misma suerte. Por su parte las legiones de

Astúrica atravesaron la actual región del Bierzo y acorralaron a una importante

fuerza cántabro-astur en el Mons Vindius (los actuales picos de los Aneares)

donde les rindieron por hambre y frío. Desde allí las legiones de Astúrica com bi￾naron su marcha con las de Bracara y destruyeron a dos fuerzas enemigas impor￾tantes; una en Lucus (Lugo, llamada después también Augusta) y otra en el Mons

Medullius, donde fueron exterminadas. De esta forma terminó la resistencia orga￾nizada de cántabros, astures y galaicos y quedaron pacificados los valles del

Duero, el Miño y el Sil. Los galaicos subieron a las rías altas para llenar el vacío

de los cántabros, los astures se establecieron definitivamente en la Asturia coste￾ra y los cántabros prosiguieron durante años una guerra irregular contra los roma￾nos, a la que a veces se incorporaban pequeños contingentes de esclavos cánta￾bros, diseminados por todo el Imperio donde su fortaleza era muy apreciada, que

emprendían larguísimas marchas para luchar junto a sus hermanos. En la campa­

ña del año 26 el actual territorio de Galicia podía considerarse como pacificado

por Roma. Al año siguiente las legiones de Astúrica reprimieron una rebelión de

los astures con el apoyo de Augusto a distancia, porque estaba enfermo en Tarra￾gona; desde allí regresó a Roma para celebrar un gran triunfo por el sometimien￾to de los pueblos nórdicos de Hispania, que creía definitivo. Le acompañaron en

el espléndido desfile sus hijos adoptivos Tiberio (el futuro emperador, que había

participado en las campañas del Norte) y Marcelo.

Pero aún faltaba la última campaña. Numerosos esclavos cántabros habían lle￾gado, tras evadirse, de muchos puntos del Imperio y alentaron la rebelión final

contra Roma, que Augusto no quiso reconocer por haber celebrado ya su triunfo

personal; encomendó la expedición de castigo a su principal colaborador. Agripa,

con órdenes de exterminar a los rebeldes, que cumplió en su campaña del año 18.

C'uando recibió la noticia y en vista de que todas las fronteras del Imperio estaban

en paz. Octavio César Augusto ordenó cerrar el templo de Jano en reconocimien￾to de esa paz. Habían transcurrido exactamente doscientos años desde la llegada

de Roma a Hispania. Ninguna provincia del Imperio había exigido un conflicto

tan prolongado. Los vascones y sus pueblos vecinos de la actual depresión vasca

no habían luchado contra Roma.

La romanización de Augusto continuaba e intensificaba la de su predecesor

Julio César. Poco después de sus campañas personales en Hispania Augusto reor￾denó el territorio peninsular. Dividió la enorme provincia Ulterior en dos: la Béti￾ca, (capital, Córdoba) que comprendía el valle romanizado del actual Guadalqui￾vir y la Lusitania, (capital, Emérita Augusta) que incluía la actual Extremadura y

el actual territorio portugués. La Cantabria oriental, dominada por el propio

Augusto, se incorporaba a la nueva provincia Citerior, denominada Tarraconense,

junto a las demás conquistas en el Norte. El conocimiento directo de Augusto

sobre la capacidad militar de los hispanos le impulsó a enviar a diversas regiones

del Imperio nada menos que ochenta unidades tipo cohorte que se integraron en

las diversas legiones. El número de soldados hispánicos incorporado a las legio￾nes de todo el Imperio rebasaba los cuarenta y cinco mil. En las tres ciudades

campamentales del Norte de Hispania se asentaba definitivamente una legión con

el encargo de asegurar la defensa y el orden en el territorio, proteger las nuevas

explotaciones mineras, sobre todo en Galicia y la actual León y dirigir la cons￾trucción de las nuevas vías romanas que, con sus calzadas, puentes y puertos de

montaña, formaron la trama de las comunicaciones españolas posteriores, hasta

nuestros días. La vía romana principal era la antigua Vía Hercúlea, (ahora Augus￾ta) que penetraba por el Pirineo oriental en Hispania y recorría toda la costa del

Mediterráneo hasta Cartagena y Cádiz, adentrándose a veces en el interior para

eludir zonas demasiado montuosas. De Gades se prolongaba a Hispalis-Sevilla,

de donde partía la Vía de la Plata hasta Mérida, y Galicia. Otras vías seguían los

grandes valles; la que enlazaba Tarragona con Galicia a través de los valles del

Ebro y el Duero; la diagonal que unía Caesaraugusta, la ciudad de César Augus￾to. Zaragoza, con Toletum a través de la cordillera central hasta desembocar en

Emérita y seguir hasta el estuario del Tajo; y la que desde Sevilla remontaba el

valle del Betis hasta Córdoba para confluir sobre el centro de la Península. Asom￾bra todavía hoy la audacia de los constructores romanos que franqueaban obstá­

culos casi insuperables, como el Puerto del Pico en la sierra de Grados, mediante

calzadas rectas con enorme pendiente. Y la permanencia actual de puentes roma￾nos como el de Alcántara y acueductos como el incomparable de Segovia, piedras

vivas que nos recuerdan a diario la persistencia de la romanización. Las legiones

que guarnecían el Norte enlazaban sus campamentos a través de una vía al sur de

la cordillera cantábrica que atravesaba la actual provincia de Alava para llegar a

Pamplona y al Pirineo occidental a unirse con las vías romanas de las Galias.

Emérita Augusta llegó a ser, según fuentes contemporáneas, la segunda ciudad del

Imperio después de Roma como demuestran sus imponentes construcciones cívicas,

comerciales y culturales, hoy en parte notable reconstruidas y resucitadas.

Durante el gobierno de los emperadores pertenecientes a la familia de Augus￾to la romanización, impusada por Julio y Octavio César, prosiguió su avance y

arraigó en las provincias hispánicas. La presencia militar de Roma en la Penínsu￾la disminuyó ante la ausencia de rebeliones y peligros exteriores y varias legiones

de guarnición en Hispania fueron llamadas a otras fronteras más peligrosas del

Imperio. En tiempo de Tiberio, que había combatido junto a su padre en el norte

de Hispania, se configuró en la Roma imperial un poderoso clan hispánico que

mantuvo y acrecentó su influencia hasta el final del Imperio de Occidente. El

gobierno de Claudio, durante los años centrales del siglo I. d.C. resultó muy bene￾ficioso para Hispania y especialmente para la Bética porque el emperador convir￾tió en provincia romana estable el territorio norteafricano de Mauritania (parte de

las actuales Argelia y Marruecos) con lo que cesaron las incursiones organizadas

allí por rebeldes y piratas. Claudio concedió la ciudadanía romana a las colonias

militares de Baelo Claudia, junto al Estrecho, Bracara y Conimbrica (Coimbra).

La estrella cultural del lunático período de Nerón fue un hispano de Córdoba,

Lucio Ammeo Séneca, filósofo, dramaturgo, poeta y pensador de primera magni￾tud, cuya influencia ha llegado a nuestros días y a quien su imperial discípulo con￾denó al suicidio en uno de sus caprichos. En este período entra en España la nueva

religión cristiana, como veremos inmediatamente. Los disparates de Nerón pro￾vocaron el primer pronunciamiento militar de la historia hispánica; el propretor

Galba, gobernador de la provincia imperial Tarraconense, fue proclamado empe￾rador por sus soldados en la ciudad norteña de Clunia y reconocido por casi toda

Hispania marchó sobre Roma donde tras el suicidio de Nerón recibió la púrpura

imperial, de la que pronto fue despojado por los pretorianos. Una famosa legión

hispánica, la VII, llegó a Roma desde sus campamentos de Germania para unirse

a las demás fuerzas que proclamaron emperador a Vespasiano, cabeza de la dinas￾tía de los Flavios. Los legionarios de la V il convencieron a muchos compatriotas

hispanos que servían en otras legiones para que abrazasen la causa de Vespasia￾no. Una vez instalado Vespasiano al frente del Imperio la legión V il fue enviada

al noroeste de Hispania donde su campamento se convirtió pronto en una ciudad,

llamada ñor ella Legio, León. Reclutas y voluntarios hispanos, en especial vascones se incorporan a las legiones de Roma en este período. Vespasiano defendió

eficazmente las fronteras del Imperio, terminó mediante la campaña de su hijo y

sucesor Tito, la campaña de Judea con la destrucción de Jerusalén y concedió a

las provincias hispánicas el derecho pleno de latinidad. El número de ciudades

reconocidas como tales se incrementó notablemente y se pusieron en explotación

nuevas minas, ahora de hierro, en la ría del Nervión. Las provincias instituidas por

Augusto, en las que estableció subdivisiones administrativas llamadas conventos

jurídicos reorganizan ahora estas subdivisiones o prefecturas en la época de los

Flavios. Curiosamente el territorio de las futuras provincias vascongadas depen￾de del convento jurídico de Clunia, mientras la tierra de los vascones, Navarra, se

vincula a la circunscripción de Zaragoza. Las Vascongadas y Navarra diversifican

ya su historia desde el Alto Imperio romano. Al tomar y destruir Jerusalén, el futu￾ro emperador Tito ordenó la dispersión de los judíos por todo el Imperio; bastan￾tes familias establecieron las primeras juderías en las provincias hispánicas de

Roma. El último emperador de los Flavios, Domiciano, abandonó sus buenos

principios para caer en la arbitrariedad y la tiranía por lo que la guardia pretoria￾na le depuso y elevó al Imperio a un hombre muy próximo al clan hispánico de

Roma: Nerva, fundador de la dinastía de los Antoninos, durante la cual, el grupo

hispánico de Roma llegó a la cumbre de su poder y su influencia. Nerva adoptó

como hijo y sucesor a un brillante militar hispánico, Marco Ulpio Trajano, pro￾bablemente natural de Itálica, que había sido jefe de la legión V I I. Trajano, a su

vez, adoptó a otro hispánico, Adriano, y seleccionó a numerosos hispanos para

ocupar cargos predominantes en el Imperio. El clan hispánico de Roma intervino

muy eficazmente en la gran empresa militar de Trajano, la conquista de la Dacia

que por su intensa romanización se llamó precisamente Romanía, nombre que hoy

conserva junto a la profunda huella cultural romana en su lengua. A Trajano se

deben los más relevantes monumentos romanos de Hispana, desde el arco de Bará

al puente de Alcántara pasando por el acueducto de Segovia y el embellecimien￾to de Itálica. Con la victoriosa campaña contra los partos Trajano llevó al Impe￾rio de Roma hasta su máxima expansión territorial. Su hijo adoptivo y sucesor

Adriano había nacido también en Itálica y se distinguió tanto por su defensa de

las fronteras imperiales (recuérdese el famoso Muro de Adriano para contener las

expediciones de los bárbaros pictos contra la provincia de Britania) como por su

dedicación al pensamiento y la filosofía, a quien la gran literatura del siglo XX ha

vuelto a poner de moda. Visitó todas las provincias del Imperio, especialmente las

hispánicas y sintió a Hispania como una unidad superior al simple agregado de

provincias; Hispania figura como tal en sus monedas. Dejó a Hispania como

recuerdo duradero el arco de Medinaceli y la configuración definitiva de Itálica,

su ciudad natal. Adriano adoptó como hijo y sucesor a un hombre de la Narbonense, provincia muy vinculada a las de Hispania, Antonino Pío. Durante su período imperial empiezan a notarse síntomas de decadencia en el Imperio, contenidos con el advenimiento de otro emperador hispano y filosofo notable, Marco

Aurelio, nacido en la ciudad bética de Ucubi-Espejo. Defendió con la legión V il,

enviada contra los rebeldes mauritanos a las órdenes de un fututo emperador, Septimio Severo, la integridad de la Bética. El advenimiento de su sucesor, Cómodo,

desencadena ya la decadencia de Roma, a la que trata de contener Septimio Severo, un militar africano con experiencia política y castrense en Hispania, donde restablece eficazmente el orden alterado. Su sucesor Caracalla, de infausta memoria

en Roma por sus excentricidades y desaciertos, benefició notablemente a las provincias hispánicas -junto a todas las del Imperio- en virtud de la memorable e

integradora Constitución Antoniana. En Hispania erigió a Galicia en nueva provincia, con lo que la configuración histórica de la bellísima región es de puro cuño

romano. Con él terminaba la época que conocemos como Alto Imperio romano.

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Pero antes de proseguir la historia de la Hispania romana hemos de registrar un hecho capital que tiene lugar en la época del Alto Imperio romano y que afec￾tará de manera sustancial a la historia de