EL ALZAMIENTO GENERAL HISPANICO CONTRA ROMA: VIRIATO Y NUMANCIA

En las provincias hispánicas habían pasado veinticinco años desde que Tibe￾rio Sempronio Graco convenciera a los hispanos con su buen gobierno de que

Roma podía comportarse con justicia y clarividencia. Pero varios pretores entre

los que le sucedieron volvían una y otra vez al sistema de expolio y depredación,

trataban a los hispanos como enemigos y realizaban incursiones crueles contra los

pueblos celtíberos y lusitanos, que trataban de vivir en paz a lo largo de los gran￾des valles y montañas del Duero, el Tajo y el Guadiana Poco a poco se fue car￾gando el ambiente contra la ocupación romana. Los gobernadores de Roma pen￾saban que con la derrota de Cartago en la segunda guerra púnica se habían termi￾nado las dificultades para Roma en Hispania. Se equivocaban por competo; les

esperaba todavía siglo y medio de guerras para que casi toda Hispania aceptase

por fin el proceso imparable de la romanización.

El alzamiento general de los celtíberos y los lusitanos contra Roma empezó en

el año 154 a.C. bajo el mando de Púnico, un jefe lusitano de probable estirpe car￾taginesa, que se vengó de las agresiones romanas con varios ataques al próspero

valle del Betis, en el que derrotó a los pretores Manlio y Calpumio. Los lusitanos

recibieron apoyo de varios pueblos celtibéricos y especialmente de la ciudad de

Numancia, que desde mucho tiempo antes había frenado la expansión romana

desde su cerro fortificado que dominaba al alto Duero. En la campaña de 153 a.C.

Roma envió a dos ejércitos consulares contra los rebeldes de Celtiberia y Lusita￾nia, en total sesenta mil legionarios a las órdenes de Lucio Mummio y Fulvio

Nobilior. El primero fue destrozado por los lusitanos que enviaron los trofeos de

su victoria -lábaros, cascos dorados, estandartes- a todos los pueblos de Hispa￾nia. Nobilior arrasó la ciudad de Segeda, aliada y próxima a Numancia, pero los

guerreros de la región aislaron a una legión enemiga y la aniquilaron, con muer￾te de cinco mil romanos. Nobilior acampó en un cerro próximo a Numancia y

consiguió que los aliados africanos de Roma le hicieran llegar algunos escuadro￾nes de caballería y diez elefantes. Jamás habían visto los numantinos a los enor￾mes paquidermos y se retiraron en medio del pánico. Pero un hondero celtibérico

con extraordinaria puntería rompió un ojo a uno de ellos, la bestia se revolvió con￾tra los romanos y los numantinos les infligieron una nueva y terrible derrota.

Entonces Roma envía a un nuevo ejército al mando del cónsul Marco Claudio

Marcelo a quien acompañaba como legado el joven Publio Com elio Escipión

Emiliano, árbitro de toda la juventud romana. El joven Escipión realizó grandes

progresos en el arte militar y alabó la política pacificadora de Marcelo, sustituido

después por otro depredador, Lúculo. En varias campañas éste saqueó el territo￾rio de los vacceos en el valle medio del Duero y cometió contra otros pueblos toda

clase de tropelías. Disconforme e indignado, Escipión Emiliano vuelve a Roma

donde pide el mando del ejército destinado a la campaña africana de la tercera

guerra púnica, que termina con Cartago, según vimos, en el año 146. Pero mien￾tras tanto había surgido por fin en Hispania un caudillo indígena capaz de aunar

las fuerzas de lusitanos y celtíberos contra Roma: Viriato.

El primer jefe lusitano insurrecto, Púnico, murió en combate y su sucesor, Cái￾saros, fue vencido por Mummio, que lavó así un tanto los desastres anteriores.

Tras él vino a la Ulterior Sulpicio Galba, a quien el implacable Lúculo convenció

para que citase a los jefes lusitanos a una asamblea y allí ordenase su ejecución

sin más trámites. Pero la traición no reportó buenos frutos al romano. De la

matanza pudo escapar un montañés de las sierras centrales, el joven Viriato, de

quien sólo poseemos testimonios del enemigo romano, que no tienen más reme￾dio que exaltar su visión y su capacidad para la guerra.

Las fuentes romanas dejan escapar su admiración por Viriato, a quien llaman

imperator y de quien aseguran que, de no haber sido por su muerte a traición, se

hubiera convertido en el Rómulo de Hispania, el fundador. Rehizo al descabeza￾do ejército lusitano y cobró fama hispánica por sus algaradas en el valle romano

del Betis. Venció a un ejército pretoriano e instaló su cuartel general en la ciudad

celtibérica de Segóbriga, no lejos de la actual Tarancón. Derrota también al pre￾tor de la otra provincia y ninguno de los nuevos jefes militares enviados por Roma

logra reducirle. Viriato arranca a uno de ellos un ansiado pacto con Roma de igual

a igual que el Senado no tiene más remedio que ratificar. Entonces el procónsul

del año 139, Servilio Cepión, decide utilizar contra el ya amigo y aliado de Roma

los métodos de la guerra sucia y soborna a los amigos del lusitano para que le trai￾cionen. Así lo hacen y entregan al procónsul la cabeza del héroe.

Los ejércitos de Roma creen que pueden adentrarse impunemente por los

valles que dominaba Viriato, los del Tajo, el Duero y el Miño. Pero las mejores

tropas de Viriato se habían refugiado en Numancia y desde allí atizaban las bra￾sas del alzamiento latente de los hispanos contra Roma. En la campañas siguien￾tes los numantinos continúan su resistencia activa y los ejércitos malparados de Roma tienen que retirarse. En el año 139 Décimo Junio Bruto guía al primer ejército romano capaz de penetrar en Galicia, considerada entonces com o tierra misteriosa y embrujada, llena de peligros reales y fantásticos. Pero todo el dispositivo militar romano en Hispania parecía venirse abajo cuando en la campaña del año 137 los vacceos, ricos en cereales y hartos de las rapiñas del cónsul, lograron aprovisionar a los defensores de Numancia, a quienes se incorporaron también

combatientes de otros pueblos en señal de solidaridad hispánica, entre ellos los

temibles cántabros. La coalición hispánica sorprendió a las legiones de Mancino

cuando trataban de retirarse y las cercó no lejos de los campamentos en una hoya

sin salida. Mancino tuvo que aceptar el humillante desfile de sus hombres desarmados ante los feroces vencedores hispanos. El Senado abominó del cónsul y le

ordenó regresar a Numancia para entregarse como prisionero. Los numantinos se

negaron a recibirle y le echaron como sombra errante. En tan apurada situación la

opinión de toda Roma impuso como jefe de la campaña definitiva contra Celtiberia a Publio Comelio Escipión Emiliano, el popularísimo vencedor de Cartago.

Tras haber arrasado a las ciudades de Corinto y Cartago, Roma decidió que ya era

el tumo de Numancia. Escipión Emiliano, que ya conocía a los hispánicos por

campañas anteriores, tomó el mando para la del año 134. En su séquito formaban

el futuro dictador de Roma, Mario; el historiador Polibio. el rey de Numidia

Yugurta y el que sería gran revolucionario de Roma. Cayo Graco.

Cuatro mil jóvenes de la aristocracia romana llegaron con Escipión dispuestos a morir por él. El nuevo jefe, precedido de una fama inmensa, taló el territorio vacceo para impedir el suministro de alimentos y decidió invernar frente a

Numancia, a la que rodeó de varios campamentos cuyos restos se conservan hoy,

a los que unió mediante una circunvalación impenetrable. Toda la población de

Numancia, ocho mil hombres, mujeres y niños, resistían a veinticinco mil legionarios selectos y motivados, a quienes dirigía un jefe implacable. El asedio se prolongó durante todo un año y medio. Los numantinos morían de hambre hasta que,

sin poder aguantar más, se dieron muerte unos a otros. Apenas pudo Escipión elegir cincuenta hombres cadavéricos para exhibirlos durante su triunfo en Roma. La

ciudad del alto Duero se había enfrentado victoriosamente durante veinte años a

los mejores ejércitos de Roma. La fama de Escipión impidió que los demás pueblos de Celtiberia se volcasen en auxilio de los numantinos. Pero los hispanos

habían dejado entre sus ruinas un ejemplo insólito de valor, de tenacidad, de libertad e independencia.

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