LOS FENICIOS Y CADIZ, LA PRIMERA CIUDAD DE EUROPA

Los fenicios, habitantes de las ciudades de Tiro y Sidón, y otras que jalonaban

la costa actual del Líbano, eran un pueblo semita de grandes navegantes, explo￾radores y mercaderes, que desde antes del siglo XII antes de Cristo surcaron en

sus ágiles naves todo el Mediterráneo occidental (tras dominar las ratas marítimas

del oriental) cruzaron las legendarias Columnas de Hércules, (que eran los montes hoy llamados Musa, cerca de Ceuta, y Tárik, hoy Peñón de Gibraltar) es decir

el estrecho que separa el Mediterráneo del Atlántico. No pretendían el dominio

territorial de las costas sino el establecimiento en lugares de fácil defensa (pro￾montorios. pequeñas penínsulas) de factorías con un puerto abrigado junto al cual

organizaban un activo comercio con los habitantes del litoral. El modelo de colo￾nia era la metrópoli fenicia de Tiro, ciudad adentrada en el Mediterráneo, rodea￾da de murallas inaccesibles sobre el mar y unida a tierra por un estrecho istmo que

podía dominarse desde los bastiones. Sólo genios militares como Nabucodonosor

o Alejandro Magno fueron capaces de apoderarse de Tiro en muchos siglos, a

costa de graves pérdidas: la ciudad se abastecía fácilmente por mar. Los fenicios,

maestros en la navegación diurna, atravesaron sin vacilar las columnas de Hércu￾les. llegaron con toda seguridad a las islas Casitérides (así llamadas por el mine￾ral ie estaño, necesario para la aleación llamada bronce) que se identifican con las

costas gallegas y el sur de la gran isla británica; y muy probablemente a las Cana￾rias. que descubrieron y dejaron a estribor para seguir hacia el sur por gran parte

de ía costa africana. (Sus compatriotas y sucesores, los cartaginenes, completaron

el periplo de Africa y regresaron por el Mar Rojo a la proximidad del Mediterrá­neo).

Una vez recorridas nuestras costas los fenicios como para manifestar su voca￾ción atlántica, fundaron hacia el año 1100 la primera de sus colonias en España,

sobre un emplazamiento perfecto; la pequeña península, el istmo defendible, el

puerto abrigado. Era la ciudad de Gádir, luego Gades, nuestra Cádiz, que debe con￾siderarse por tanto como la primera ciudad de Europa continental, próxima a la rea￾lidad perdida y mitológica de Tartessos, con la que montaron un comercio de altos vuelos. Por sí y por sus sucesores cartagineses los fenicios o púnicos permanecie￾ron en sus florecientes colonias ibéricas hasta la conquista romana, es decir duran￾te ocho siglos: mucho tiempo no sólo para los grandes negocios sino también para dejar una huella indeleble en los pueblos ibéricos que habitaban en las costas atlán￾ticas y mediterráneas de Andalucía, de Murcia y del futuro Reino de Valencia. Los iberos generaron relaciones personales mínimas con los fenicios (aunque mucho más intensas con los cartagineses) pero recibieron de ellos un influjo comercial y cultural muy considerable, que contribuyó a la configuración de la cultura ibérica.

Es importante señalar que a lo largo del primer milenio a.C. se desarrollaban en

Iberia (nombre que dieron los griegos a la Península de los iberos) dos procesos

simultáneos de profundo calado; la fusión de iberos y celtas en las Mesetas cen￾trales de la Península donde se creó la Celtiberia; y el contacto con los fenicios, que contribuyeron con sus aportaciones a la configuración de la variada personalidad hispánica.

La contribución fenicia a la formación de España y a través de ella, también de Europa, son fundamentales. Comunicaron a los hombres de Occidente su energía descubridora y les abrieron el océano Atlántico, el Mar Tenebroso por el que

los occidentales no se atrevían a navegar apartándose de las costas. De esas costas de España y Portugal que andando los tiempos se convirtieron en bases primordiales para el descubrimiento de mundos nuevos a Oriente y Occidente. Fundaron en Cádiz la primera ciudad de Europa, desde la que se extendió el desarrollo de la urbanización a España y Europa entera. Aportaron la clave de la cultura

del futuro con la transmisión del alfabeto. Enseñaron a los iberos de la costa las

grandes mejoras en la agricultura y la ganadería que ya se habían aclimatado en

Oriente próximo: el cultivo del olivar mediante el injerto sobre los primitivos acebuches. Fueron maestros de Iberia en el arte y las técnicas de la metalurgia.

Implantaron con ello los rudimentos de una industria naciente y otro importante

arte de la Humanidad, el comercio, que realizaban por intercambio de bienes. Con

base en su colonia estrella de Gádir los fenicios fundaron una serie de colonias

desde la costa onubense a la de Málaga y Almería: Abdera (Adra) Sexi (Almuñécar) y la propia Málaga, se extendieron por las costas de Murcia y Alicante y probablemente por las de Valencia. En las costas ibéricas los fenicios buscaban sobre

todo metales preciosos para el ornato (oro y plata) y para la guerra (cobre y esta­

ño, la aleación del bronce) además de elementos para tintorería (púrpura). Intercambiaban esos bienes por productos agrícolas y manufacturados, cerámica, objetos artísticos y religiosos, estatuillas y amuletos.

Toda esta bulliciosa prosperidad quedó rápidamente ahogada desde el año

573 a.C. cuando el poderoso rey de Babilonia. Nabucodonosor, logró someter a

Tiro, la metrópoli fenicia, tras un implacable asedio de trece años. La ciudad

trató de revivir pero bajo el dominio babilonio ya no sería la misma. Algo semejante sucedió al vecino reino de Jerusalén. cuyo templo destruyó el déspota babilonio llevándose los tesoros que Salomón había obtenido mediante las naves de

Tarsis gracias al rey Hiram de Tiro. Desde entonces la hegemonía de las colonias fenicias pasó a la más importante de todas ellas. Cartago, próxima a la

actual ciudad de Túnez, pero la colonización cartaginesa, que buscaba el dominio militar y territorial, resultó bien diferente a la fenicia. Y provocó las primeras güeñas del Mediterráneo occidental, las guerras greco-púnicas, entre las

colonias de Grecia y las fenicias que habían pasado al dominio de Cartago.

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