ROMA APARECE EN EL HORIZONTE DE IBERIA

Desde este momento de nuestro relato el nombre de Roma hace su aparición

y ya no nos abandonará nunca porque Roma y su doble legado, civilizador y cristiano, forman parte esencial de nuestro ser. Sin la historia, la realidad y la presencia de Roma no existirían ni España ni la historia de España. Es muy sintomático

que el mayor manipulador de la historia vasca y española, don Sabino Arana

Goiri, fundador del Partido Nacionalista Vasco, odiase a España hasta tal punto

que interpretaba la lucha vasca contra España como la lucha contra «el hijo del

romano». Cuando expresé hace muchos años mi adhesión a la tesis del profesor

Sánchez Albornoz que atribuía el problema vasco a una romanización insuficiente el sucesor de don Sabino Arana, don Javier Arzálluz, se mostró de acuerdo con la

tesis de Arana contra Roma y contra España. Roma es la doble raíz de España; una

Historia de España como la que ésta pretende ser ha de ser una historia romana.

Roma había sido fundada a mediados del siglo VIII a.C. por una agrupación

de pastores que alimentaba a sus ganados entre siete colinas que dan sobre el

curso medio del río Tiber. Esta agrupación creció durante dos siglos bajo el dominio del reino etrusco y generó entre sus miembros una fuerte solidaridad, un pode

roso apego a las normas que un día se convertirían en el Derecho Romano, una

identificación casi absoluta entre la religión y la Patria, una notable destreza en el

ejercicio de las anuas, un formidable sentido de la organización y un gran amor a

la libertad que sufría cada vez con menos resignación la conducta opresiva de los

etruscos. El pequeño poblado de las colinas fue creciendo hasta que hacia el año

509 a.C. se rebeló contra los etruscos y se transformó en República, con un pequeño pero aguerrido ejército primero para la defensa y luego para servir a una inagotable vocación expansiva. La República se dotó de unas fuertes instituciones

-cónsules elegidos para un año de autoridad, una asamblea o Senado de la clase

alta o «patricios» compensado después por un tribunado para defender a la clase

baja, plebeyos («tribunos de la plebe») y otras. Los primitivos romanos libres

comprendieron que sólo podían sobrevivir si se convertían en una potencia mili

tar y política notable y emprendieron con decisión y éxito la defensa contra los

etruscos y !a ampliación de su dominio a las poblaciones vecinas. No demostraron. al principio, vocación marítima sino terrestre y para ello, una vez consolida

dos firmaron un pacto con la gran potencia del Mediterráneo central y occidental. Cartago. que renovaron varias veces, hasta trazar sobre el Mediterráneo una

línea imaginaria entre las inmediaciones de Cartago y Mastia de Tarsis, es decir

la futura Cartago Nova, Cartagena. Con ello Cartago pretendía asegurarse la

dominación del Sur de Iberia y los accesos a las Columnas de Hércules, por las

que ya se asomaba cada vez más al Océano.

Hacia la mitad del siglo IV a.C. Cartago y Roma se aproximaban, sin saberlo, a

su choque fatal mientras se enzarzaban en sus guerras particulares. Roma ampliaba

su dominio en la Italia Central; Cartago desembarcaba de nuevo en Sicilia dos gran

des ejércitos que fueron derrotados por las ciudades griegas de la isla tras de lo cual

se firmó una paz entre los griegos de Sicilia y los cartagineses.

Y es que toda la atención del mundo mediterráneo se concentraba en Grecia,

a cuyas principales ciudades, Atenas y Tebas, derrotaba inesperadamente una

nueva potencia expansiva, el reino de Macedonia (situado en las tierras abruptas

al nordeste de Grecia y regido por un estratega excepcional, el rey Filipo II, que

obtuvo así la hegemonía sobre toda Grecia). Filipo deseaba unir a todos los griegos bajo su trono y guiarles en una inmensa expedición contra el imperio persa

para vengar así la invasión persa de las guerras médicas. Murió sin realizar su

sueño pero se lo encomendó a su hijo el joven de veinte años Alejandro, que le

sucedió en 336 a.C., reprimió una rebelión de las ciudades helénicas y con general apoyo y expectación cruzó los Estrechos y derrotó en choques decisivos al

Gran Rey Darío III de Persia. Se apoderó de todo el Imperio oriental, se proclamó Gran Rey, ordenó a sus soldados que creasen nuevas familias con mujeres persas, utilizó el poderoso ejército formado por su padre Filipo -basado en los cuadros compactos de la falange macedónica erizada de lanzas de tamaño creciente

por filas y en la eficaz utilización de la caballería pesada de apoyo y flanqueo

consiguió una gran escuadra de apoyo que acompañaba a sus avances desde el

mar y conquistó toda el Asia Menor, con liberación definitiva de las ciudades griegas de la costa; toda la franja costera de Siria y Palestina (segunda caída de Tiro)

penetró en Egipto donde fundó la gran ciudad de Alejandría en el Delta y una

nueva dinastía faraónica, volvió a los confines del Imperio persa en el Asia Central, descendió al noroeste de la India, bajó por el curso del Indo hasta embarcar

en una escuadra de transporte que le llevó al Golfo Pérsico y consiguió regresar a

Babilonia con su ejército invicto y planes muy concretos para la invasión de Occidente -Italia, Iberia, las Galias- que no pudo realizar porque sus excesos le lle

varon a la muerte prematura en el año 325. Discípulo de Aristóteles había asimilado la gran cultura de Grecia y la propagó en su imperio oriental a través de un

complejísimo proceso que se llama helenístico. A su muerte su imperio se dividió

entre sus generales, los diadocos, cuyos sucesores acabarían entregándoselo al

nuevo poder de Roma o al nuevo poder mesopotámico de los partos.

Estamos ya en el siglo III anterior a Cristo. Cartago vuelve a desembarcar en

Sicilia pero Roma, muy alarmada, no interviene porque debe terminar antes su

difícil guerra contra los samnitas y defenderse de Pirro, el temible rey del Epiro

(al noroeste de Grecia) que invade Italia con sus terroríficos elefantes. Pero el

ejército romano, cada vez más irresistible, consigue vencerle y avanza después

hacia el sur donde se apodera de la que fue Magna Grecia, las antiguas colonias

en la península itálica. Desde allí los romanos concertaron una alianza con los

griegos de Sicilia nuevamente amenazados por el poder de Cartago. Las ciuda

des griegas ayudan al cónsul Cayo Duilio a armar una escuadra de guerra, la pri

mera de que dispuso Roma, que con ella derrota a las naves cartaginesas en la

batalla de Milas, junto a las islas Lípari. Desembarcan entonces los romanos en

Sicilia como libertadores, y en el año 241 derrotan al ejército cartaginés que

dominaba en la isla a las órdenes de un gran general, Amílcar Barca. Era el final

de la primera guerra púnica, como se conoce a las que libraron Roma y Cartago

para el dominio del mundo occidental. La paz fue un desastre para la metrópoli

africana, que hubo de abandonar a Roma las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega.

Para resarcirse de la catástrofe siciliana, Cartago decidió la conquista de la Península Ibérica. España iba a entrar definitivamente en la gran historia occidental.

Pero antes de iniciar un plan tan ambicioso las tiránicas autoridades de Cartago tuvieron que sofocar una peligrosísima rebelión de los mercenarios ibéricos. que después de combatir sacrificadamente en las campañas de Sicilia fue

ron encerrados ahora en auténticos campos de concentración y despedidos sin

miramientos. Les faltó poco para apoderarse de Cartago, que les reprimió con

ferocidad, lo cual no causó una impresión demasiado buena en sus familias

peninsulares.


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